Original de: Ovidio

Ícaro

Ícaro

Cuando hubo dado el último retoque a su obra, el artesano balanceó su propio cuerno con ambas alas y, agitándolas, se suspendió en el aire; aleccionó también a su hijo diciéndole:

«Te advierto, Ícaro, que debes volar a media altura, para evitar que las olas recarguen tus alas si vas demasiado bajo, y que el calor las queme si demasiado alto; vuela entre mar y cielo. Te aconsejo que no mires al Boyero ni a la Hélice ni tampoco a la espada desnuda de Orión; ¡vuela detrás de mí!».

Mientras le da instrucciones de cómo debe volar, le acomoda las extrañas alas sobre los hombros. Durante la operación y las advertencias se humedecieron las mejillas del anciano y temblaron sus manos de padre; dio a su hijo besos que no volvería a dar, y elevándose con sus alas vuela delante, inquieto por su acompañante, como el ave que desde el encumbrado nido ha lanzado a los aires a su polluelo, y le alienta a seguirle y le instruye en el pernicioso arte y agita él mismo sus alas y se vuelve a mirar las de su hijo.

Algún pescador cuando capturaba peces con temblorosa caña, algún pastor apoyado en su báculo, o algún labrador en la estepa, los vio y se quedaron atónitos, y creyeron que eran dioses, puesto que podían surcar los cielos.

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