Ayer cumplió 25 años, y aunque su deteriorado cuerpo todavía podría resisitir algunos más, he decidido que cumplió de sobras su cometido y se merece descansar en mi cajón de los recuerdos.
Apenas recuerdo el día que decidí tener un compañero así, pero sí tengo fresco en la memoria el día que lo encontré. Algo que brillaba me llamó la atención, la dependienta me sonrió y me dijo:
- ¿Quieres verlo? – y, claro está, le conteste que sí.
Al tenerlo entre mis dedos, fuerte, sobrio, algo rugoso al tacto, me enamoré de él.
- ¿Te lo llevas?
- No, no me llega el dinero, quizá otro día.
Y me marché, cabizbajo, pensando que dejaba atrás un amigo.
Durante los días siguientes, volví a la tienda a hurtadillas, en silencio para que la dependienta no me viese, me daba vergüenza que me pillase admirándole y tener que irme de allí sin poder comprarlo.
Los pocos días que tenía se acababan, debía marchar de nuevo y habría de pasar mucho tiempo hasta que volviese. Pasaron las horas y la tienda estaría a punto de cerrar, así que reuní todos mis ahorros y me lancé a la carrera para llegar a tiempo. Ya estaban cerrando cuando llegué.
- ¡Espere! Por favor – grité. – ¿Todavía estoy a tiempo? Es que salgo esta noche de viaje y me gustaría comprarlo, al final me he decidido.
- Está bien – respondió la dependienta. – Aunque te he visto por aquí casi cada día.
Mientras ella abría de nuevo la puerta, mi rostro se arreboló por completo.
- Me ha visto – pensé.
Al entrar en la tienda mi cuerpo se tensó con un suave cosquilleo en el estómago a la vez que mi corazón se aceleraba a medida que me acercaba al mostrador. No hizo falta que le dijese lo que venía a buscar, ella, la dependienta, sacó cuidadosamente la cajita del escaparate y la depositó sobre el mostrador.
- La verdad es que es muy bonito – dijo.
Ni siquiera contesté, mi vista estaba fija en él y no podía apartarla.
- ¿Te lo envuelvo para regalo?
- ¡No! – grité. – No – repetí con voz mas pausada – no es para regalo, es para mi.
Pagué y le di las gracias por haberme atendido fuera de horario. Ella me devolvió una amable sonrisa, como si acabase de hacer una buena acción.
Salí de la tienda agarrando mi cajita y esperando impaciente el momento de estrenarlo.
-¡Mi bolígrafo! – exclamé en pensamientos. Al fin tenía a mi anhelado compañero.
Son tantos los momentos en que me me ha hecho compañía, y tantos los recuerdos vividos con él. Cartas, contratos, despidos, notas, exámenes, formularios… Todo con él. Ríos de tinta, sí. Expresando emociones, sentimientos, palabras formales, garabatos.
Muchos creerán que es una tontería, que no se puede uno encariñar con un bolígrafo. Yo les digo que sí, que se puede; no sólo encariñarse, sino hasta sentirlo como un ser querido.
En más de una ocasión se extravió y volvió a casa como el hijo pródigo. Es curioso, pero en una de esas escapadas estuvo varios meses sin aparecer y cuando ya había perdido toda esperanza me lo encontré, escondido en un lugar imposible, como si realmente hubiese vuelto desde algún recóndito lugar para esperar que yo lo encontrase.
Tuvo un accidente, fruto del desgaste, y lo llevé a reparar. Había pasado mucho tiempo, pero la dependienta de la tienda seguía allí. No se acordaba de mí. Insistió en que no valía la pena repararlo, que, al fin y al cabo no era un bolígrafo bueno.
- No importa – le dije.
- Quizá no sea un bolígrafo bueno, pero es un buen bolígrafo y se lo merece – añadí.
Sonrió, haciéndome recordar la tarde en que lo compré.
- Está bien, veré lo que puedo hacer. Seguramente podré encontrar la pieza que se ha roto.
Déjalo y te llamo en un par de días.
- Esperaré, pero sobre todo que no se pierda, por favor.
No se perdió. Me lo devolvieron al cabo de tres días preparado y listo para seguir cumpliendo con su cometido; y lo ha seguido haciendo hasta ayer. ¡A las mil maravillas!
Su cuerpo de acero se ha ido puliendo por el paso del tiempo, por el roce de mis manos y por los cientos de sitios donde se alojó. Aquel tacto rugoso ahora ya no existe y curiosamente las arrugas que nos hacen viejos a los hombres, en él se han perdido.
No te olvidaré, no te preocupes, porque sé que seguirás estando ahí para cuando necesite escribir cosas importantes.
Gracias, Bolígrafo. Te has ganado tu descanso.

Han bastado 5 líneas para animarme a pinchar en el enlace y leer el texto completo… Y no es poca cosa en estos tiempos de spam y correos insípidos.
¡La historia de un bolígrafo! Bueno… de EL bolígrafo. Soy amante de las historias de (pequeños) objetos y hacía mucho tiempo que no leía una (y tan buena).
Felicidades y gracias por poner una sonrisa de oreja a oreja en la cara de quien lo lee.
Haizea.
Gracias, Haizea.
Y lo mejor de todo, es que es una historia auténtica.